EL TIMBRE DE LA BICI DE MI ABUELO
Cada tarde, al salir del colegio, no necesitaba mirar para saber que mi abuelo ya estaba allí. Bastaba con escuchar el suave “trin-trin” de su bicicleta. Siempre llegaba puntual, con una sonrisa que me hacía sentir en casa. Me subía a la silleta que llevaba detrás y, desde allí, veía el mundo pasar mientras él pedaleaba con calma.
Durante el camino a casa, me contaba chistes o me compraba unas chuches o una mona de Pascua, si había sido un buen día.
El viento en la cara, el olor a pimentón que siempre flotaba en el aire del pueblo de Cabezo de Torres y la seguridad de sus manos firmes en el manillar… hacían de ese trayecto corto, mi momento favorito del día.
Hoy, cada vez que oigo una bicicleta pasar, me parece escuchar su timbre y, por un instante, vuelvo a ser esa niña feliz, camino a casa con su abuelo.